Frank, no tienes razón del todo.

Frank Zappa dijo una vez que “escribir de música es como bailar arquitectura” o algo parecido. Yo dije hace un tiempo que iba a intentar escribir lo mínimo sobre música, fundamentalmente porque me parecía que lo que hacía, mi enfoque, era redundante. Y la verdad que no creo que haya cambiado. Pero creo que es necesario que se hable, se escriba, de música, a pesar de lo que decía Frank. Es necesario, porque la música es una forma de comunicación (una de las intensas y agradecidas) y escribir sobre ella también es comunicación y ayuda comunicarla. Además de que como creación (voy a obviar la sobada etiqueta de artística, y no porque no se lo merezca muchísimas veces) merece ser diseccionada o analizada y para ello la palabra escrita, como forma de ordenar ideas, es un gran medio. ¿Y a qué vienen estas divagaciones? Pues a que la música para algunos (muchos), entre los que me encuentro, no es solo un mero divertimento o una estupidez un pasatiempo trivial para amenizar veladas. Es algo más que no hace falta que explique porque el melómano ya lo sabe o lo siente, y ese algo en forma de canciones, discos o músicos es lo que se merece se conozca; merece que se comparta porque, como le leí a alguien hace tiempo, el conocimiento (dígase música, en este caso) que no se comparte no sirve para nada. La música te puede salvar (llámalo dar sentido) un día, una semana, un mes, e, inclusive, un año. Y al final todo esto viene porque al ponerme a escuchar de nuevo “The Evangelist” de Robert Forster, uno de los grandes discos de hace dos años, he conseguido darle cierto valor a una tarde calurosa de agosto de 2010. Escuchad, oíd, música.

Pinchando en la imagen hay un enlace al disco en Spotify

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Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad.

-Papá -preguntó otra vez Giannina-, ¿por qué dan menos tristeza las tumbas antiguas que las más recientes?

Un grupo más numeroso que los otros, que ocupaba buena parte de la carretera y cantaba en coro sin pensar en ceder el paso, había obligado al automóvil casi a detenerse. El interpelado metió la segunda.

-Es lógico -respondió-. Los muertos de hace poco están más cerca de nosotros y precisamente por eso los queremos más. Los etruscos, verdad, hace tanto tiempo que murieron -y de nuevo estaba relatando un cuento-, que es como si no hubieran vivido nunca, como si siempre hubiesen estado muertos.

Otra pausa, más larga, al término de la cual (estábamos cerca de la explanada contigua a la entrada a la necrópolis, llena de automóviles y autocares) fue Giannina quien dió su lección.

-Pero, ahora que dices eso -dijo con dulzura-, me recuerdas que también los etruscos vivieron y que los quiero también a ellos como a todos los demás.

La posterior visita a la necrópolis transcurrió precisamente bajo el signo de la extraordinaria ternura de esa frase. Había sido Giannina quien nos habia colocado en disposición de comprender. Era ella, la más pequeña, quien en cierto modo nos llevaba de la mano.”

Fragmento extraído del prólogo del libro “El jardín de los Finzi-Contini”