La comicteca: Lupus.

Lo primero, aclarar que este cómic nada tiene que ver ni con la enfermedad ni con House ¿ok? Perfecto. Aclarado esto, ¿de qué va pues? ¿Por qué ese título? Pues el título del cómic tiene que ver con el principal protagonista del relato, Lupus. Sí, Lupus, extraño nombre el que se le ocurrió al autor Frederik Peeters tanto para el protagonista como para dar nombre al relato. Frederik Peeters (Ginebra, 1974) es uno de los jóvenes autores europeos que llevan un tiempo despuntando en el ámbito del cómic. Es el autor de la autobiográfica y premiada “Píldoras azules“, y aunque en principio esta obra, Lupus, parezca un cambio de tercio en temática en el fondo no lo es tanto.

Lupus, empieza a narrando la historia de dos amigos (Tony y Lupus) que se dedican a recorrer el universo para, básicamente, practicar la pesca en los planetas más curiosos y ponerse de drogas hasta las cejas, hasta que en uno de los planetas en el que están recogen a una chica desconocida llamada Sanaa (sí, muchos de los nombres se las traen), que a Lupus le ha hecho un poco tilín, y que terminará por dar un vuelco extraño a su viaje. ¡Ah!, ¿no había mencionado que esto es ciencia-ficción? Pues sí, se trata de un relato de ciencia-ficción espacial (un road cómic espacial, como también lo han definido algunos), aunque conforme avanza la trama vemos que la ciencia-ficción (los planetas, tecnologías, etcétera) no son más que una forma de dotar a la historia de un paisaje diferente y extraño (pero muy interesante como, por ejemplo, el planeta de abuelos) a lo que en el fondo no deja de ser una exploración muy humana y cercana, la búsqueda de uno mismo. Peeters es un autor completo, con lo cual se dedica a guión y dibujo, y en ambos destaca o realiza una notable labor. Su dibujo, a la vez, claro y expresivo se dedica a apoyar la entretenida e interesante historia, haciendo que los álbumes se lean con una rapidez (y avidez) pasmosa (yo llevo dos álbumes, leídos en dos pequeños ratos libres, de un total, publicados en España, de 4). Una buena lectura para pasar un buen rato sin la sensación de que a uno le hayan tomado por tonto (al contrario, siente uno que estimula su cerebro), ¿qué más se puede pedir? Ahí queda la recomendación de hoy, con la Peeters parece decir que aunque el universo es grande, fascinante y desconocido, a nuestro lado tenemos algo tan grande, fascinante y, en muchos casos, desconocido como son las personas.

Frank, no tienes razón del todo.

Frank Zappa dijo una vez que “escribir de música es como bailar arquitectura” o algo parecido. Yo dije hace un tiempo que iba a intentar escribir lo mínimo sobre música, fundamentalmente porque me parecía que lo que hacía, mi enfoque, era redundante. Y la verdad que no creo que haya cambiado. Pero creo que es necesario que se hable, se escriba, de música, a pesar de lo que decía Frank. Es necesario, porque la música es una forma de comunicación (una de las intensas y agradecidas) y escribir sobre ella también es comunicación y ayuda comunicarla. Además de que como creación (voy a obviar la sobada etiqueta de artística, y no porque no se lo merezca muchísimas veces) merece ser diseccionada o analizada y para ello la palabra escrita, como forma de ordenar ideas, es un gran medio. ¿Y a qué vienen estas divagaciones? Pues a que la música para algunos (muchos), entre los que me encuentro, no es solo un mero divertimento o una estupidez un pasatiempo trivial para amenizar veladas. Es algo más que no hace falta que explique porque el melómano ya lo sabe o lo siente, y ese algo en forma de canciones, discos o músicos es lo que se merece se conozca; merece que se comparta porque, como le leí a alguien hace tiempo, el conocimiento (dígase música, en este caso) que no se comparte no sirve para nada. La música te puede salvar (llámalo dar sentido) un día, una semana, un mes, e, inclusive, un año. Y al final todo esto viene porque al ponerme a escuchar de nuevo “The Evangelist” de Robert Forster, uno de los grandes discos de hace dos años, he conseguido darle cierto valor a una tarde calurosa de agosto de 2010. Escuchad, oíd, música.

Pinchando en la imagen hay un enlace al disco en Spotify

Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad.

-Papá -preguntó otra vez Giannina-, ¿por qué dan menos tristeza las tumbas antiguas que las más recientes?

Un grupo más numeroso que los otros, que ocupaba buena parte de la carretera y cantaba en coro sin pensar en ceder el paso, había obligado al automóvil casi a detenerse. El interpelado metió la segunda.

-Es lógico -respondió-. Los muertos de hace poco están más cerca de nosotros y precisamente por eso los queremos más. Los etruscos, verdad, hace tanto tiempo que murieron -y de nuevo estaba relatando un cuento-, que es como si no hubieran vivido nunca, como si siempre hubiesen estado muertos.

Otra pausa, más larga, al término de la cual (estábamos cerca de la explanada contigua a la entrada a la necrópolis, llena de automóviles y autocares) fue Giannina quien dió su lección.

-Pero, ahora que dices eso -dijo con dulzura-, me recuerdas que también los etruscos vivieron y que los quiero también a ellos como a todos los demás.

La posterior visita a la necrópolis transcurrió precisamente bajo el signo de la extraordinaria ternura de esa frase. Había sido Giannina quien nos habia colocado en disposición de comprender. Era ella, la más pequeña, quien en cierto modo nos llevaba de la mano.”

Fragmento extraído del prólogo del libro “El jardín de los Finzi-Contini”


Falsos mitos sobre la piel y el cabello.

“Algoritmos”, el verano como estado mental, costumbrismo bien entendido, referencias populares, amor o desamor, perdedores/as con encanto, versionar a grupos como Los Módulos o Golpes Bajos, querer que todo el mundo se haga rico, etcétera. La Costa Brava era el grupo de pop patrio que todos, todos, nos merecíamos esta década pero al final se quedó en un grupo -desgraciadamente sin posibilidad de vuelta- de inmensas minorías.

Ahí va una lista con una selección de sus temas en Spotify. Hoy me he levantado con el costabravismo en el cuerpo.

La comicteca: Muerte. El alto coste de la vida

Hablar de Neil Gaiman (1960, Portchester, Reino Unido) es hacerlo de una de las estrellas de este mundillo. Tipo conocido, con contactos famosetes como Tori Amos, sus obras son reconocidas (en muchos casos por su calidad) fuera de los círculos tebeísticos. Un guionista estrella y todo ello a pesar de que lleva años entregado a sus novelas (“Coraline” o “American Gods“) o a supervisar y/o ceder derechos a proyectos cinematográficos (“Stardust” o la citada “Coraline“). Resultando su trabajo en los cómics esporádico, siempre en proyectos más o menos especiales y, la verdad, lejos de los grandes resultados de sus mejores obras. Como esta de la que me ocupo hoy.

Muerte. El alto coste de la vida” nació como un pequeño spin-off de lo que venía siendo la serie estrella de Gaiman en ese momento, The Sandman. Servía o estaba dentro del despegue de un nuevo sello de DC, Vertigo (por el ya lejano año 1993) que habría de convertirse en uno de los importantes del cómic mainstream norteamericano. En este cómic aparece uno de los personajes secundarios más queridos y apreciados de The Sandman, Muerte. Muerte era la hermana de Sueño (el principal protagonista de The Sandman). Muerte tiene la apariencia de una joven pizpireta de aspecto algo gótico o, como leí en algún sitio, el de una jovencísima Chrissie Hynde. Esta historia, en la que asume todo el protagonismo, cuenta como un día cada cien años Muerte toma cuerpo mortal para vivir como humana. Aquí tiene lugar un día de verano, en la Nueva York de principios de los noventa. La historia narra, con esa forma de cuento para adultos que caracteriza al mejor Gaiman, como Muerte experimenta lo que es la vida; como su presencia marca a algunos personajes (el principal un joven adolescente llamado Sexton Furnival) o despierta la atención de otros seres misteriosos que saben de su presencia y que por un motivo u otro quieren llegar hasta ella. En el fondo el cómic toma el universal tema de que lo bello de vivir está en su aire finito y de que hay que vivir cada momento porque es único. Como bien se expresa en un momento del cómic:

– Oh, fue maravilloso había mucha gente. Respiré y comí… e hice toda clase de cosas. Ojalá no tuviera que acabar así…

– Siempre acaba. Eso es lo que le da valor.

Si en el guión Gaiman está a la altura de sus mejores momentos en The Sandman, en el dibujo tiene un compañero en consonancia. Acostumbrados a la irregularidad de algunos dibujantes en The Sandman, aquí cuenta con Chris Bachalo que realiza uno de los mejores trabajos, sino el mejor, de toda su carrera (es de recibo destacar el entintado de Mark Buckingham y el color de Steve Olif). Con un estilo claro a la vez que personal y expresivo, consigue la imagen definitiva del personaje de Muerte. Además contamos con las habituales y magníficas portadas de Dave McKean, con lo que el conjunto hace un cómic sobresaliente. Uno de los mejores trabajos de Gaiman, que se lee bien sin necesidad de conocer las referencias previas a la serie madre (The Sandman), y una de esas obras de referencia dentro del noveno arte. Con la buena y económica edición de Planeta ya no hay excusa (viene con el extra de una historieta complemento, con Muerte, sobre la utilizacion del preservativo para la prevención del Sida) para hacerse con él.

La comicteca: The Originals

Bok y yo estabamos deseando que terminase el colegio. Decir adiós a los viejos edificios, a los viejos profesores, a las viejas lecciones. Nos dicen que los jóvenes deberiamos estar agradecidos de vivir en este mundo. Agradecidos de que nuestros padres hubieran luchado en una guerra. Agradecidos de que la ganasen. Agradecidos de que hubieran retirado todas la armas. Pues muchas putas gracias, papá. Pero queremos vivir en nuestro propio mundo, no en el vuestro.”


¿Quién no ha tenido 17 años y ha querido rebelarse, de un modo u otro, contra el mundo? Pues de eso a grandes rasgos trata “The Originals“, esta novela gráfica de Dave Gibbons (14 de abril de 1949) publicada dentro del sello Vertigo de DC. Gibbons será conocido por muchos por su, inolvidable, trabajo en “Wacthmen” junto con Alan Moore. Aquí ejerce de autor completo para entregarnos un cómic entretenido en el que narra la historia de Lel y Bok, dos adolescentes cuya máxima aspiración es ser Originals. Los Originals es una especie de banda callejera que remite, claramente, a los mods de los años sesenta y setenta. La obra tiene algunas particularidades más allá de una historia de bandas y rebeldía adolescente, con sus dosis de peleas (contra “los guarros” que serían los rockers), drogas y, claro está, chicas. La mayor de estas particularidades es que no queda claro -Gibbons no se molesta en explicarlo- si esta historia está ambientada en un pasado alternativo o en un futuro de aire retro, ya que presenta ambientes, ropas y arquitecturas propias de las épocas nombradas (sesenta y setenta) junto con elementos de aire retrofuturista (fundamentalmente las “motos”, algunas arquitecturas y vestimentas). Así que ahí juega con un elemento ambiguo que deja a la imaginación del lector. Por lo demás no deja de ser una historia típica, entretenida pero algo tópica, de rebelión adolescente y el cambio a una cierta ¿madurez?

Como digo, Gibbons aquí ejerce de autor completo. Como guionista es correcto, usando el personaje principal de Lel como narrador de la historia pero sin abusar de los textos de apoyo. Quizá no abusa porque como grandísimo dibujante que es sabe como hacer que una historia avance sin que los textos la lastre. Usa los textos de apoyo de forma justa y sin alardes, dejando que el dibujo haga el resto. Y qué dibujo. Como digo, Gibbons es un grandísimo dibujante y gran narrador (no tienen porqué ser conceptos homólogos) que aquí utiliza el blanco y negro para dar un aire cinematográfico a la obra (aunque esto quiera ser un cumplido hay que decir que ya le gustaría a más del 50% de los cineastas narrar con la cámara como lo hace este señor con su lápiz).

Resumiendo, no es una obra maestra -no se puede ni llegar a calificar de excelente- pero es una obra muy entretenida e interesante. Que sirve para pasar un buen rato (se lee en un pis-pas), por lo que me parece bastante recomendable.

¿Cual es tu libro favorito?

“Así fue como finalmente me rescataron: porque los dos salieron a buscarme. En aquel momento yo lo ignoraba, claro está, pero, sabiendo lo que sé ahora, me es imposible recordar aquellos días sin sentir una oleada de nostalgia por mis amigos. En cierto sentido, eso altera la realidad de lo que experimenté. Yo había saltado desde el borde del acantilado y justo cuando estaba a punto de dar contra el fondo, ocurrió un hecho extraordinario: me enteré de que había gente que me quería. Que le quieran a uno de ese modo lo cambia todo. No disminuye el terror de la caída, pero te da una nueva perspectiva de lo que significa ese terror. Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad.”

Estamos en época de ferias del libro. No hace mucho fue la de Madrid y ayer mismo terminó la de Huesca (su vigésimo séptima edición). No es que sea un gran devorador de libros -leo más asiduamente cómics- pero siempre me gusta tener alguna lectura interesante, sobre todo antes de ir a dormir o ahora cuando llega el verano para leer en la piscina.  En este caso aprovechando la feria del libro, donde predominaban los bestsellers nórdicos que parecen que miden su calidad al peso, me compré un par de libros para este verano, “El jardín de los Finzi-Contini” de Giorgo Bassani y “El factor humano” de John Carlin. Pero esta entrada no es para hablar de esto, sino porque al pensar en libros me he acordado del que es mi libro favorito. Todos -o casi todos- tenemos un libro favorito, uno que nos gusta sobremanera, con el que nos sentimos profundamente identificados o que nos ha marcado en algún momento de nuestras vidas. En mi caso ese libro es “El palacio de luna” de Paul Auster, al que pertenece el fragmento de arriba, y del que ya había hablado en otra ocasión en mi otro blog. Pues sí, este libro es mi favorito. Aunque he leído grandes libros que me han encantado como “Cien años de soledad“, “Drácula“, “En el camino“, “El guardián entre el centeno” (con el que el libro de Auster tiene algunos puntos en común) , “Alta Fidelidad“, “Un mundo feliz“, “La carretera” o “1984“, ninguno me ha marcado o gustado tanto como “El palacio de la luna“. Puede ser por la temática del libro y el momento en el que lo leí, ya que el libro trata sobre el paso a la edad adulta y la búsqueda de nuestro lugar en el mundo, y que cuando lo leí tendría unos 22 años (una edad semejante a la del protagonista del libro). La cuestión es que se ha convertido en mi libro favorito y la que es, para mí, la mejor novela de Auster. Con todas sus características (antes de hacer de ellas casi un cliché que han lastrado algunas obras posteriores) como el uso la casualidad y el azar como eje de nuestras vidas; las constantes referencias -simbólicas en algunos casos- a personajes, lugares u obras conocidas que introduce en la obra; el peso de la figura paterna (en este caso por su ausencia y la necesidad de llenar ese vacío); etcétera. La cuestión es que es mi libro favorito, además marcado por el hecho de que tampoco es una obra maestra de las típicas de la literatura lo cual parece que hace que lo sienta más mío.

Este es mi libro favorito. El libro que primero pensaría, pienso, en regalar o recomendar a alguien; del que me gusta sacar citas del mismo; o el que quiero que todo el mundo lo lea pero a la vez que siga siendo algo propio o personal (extraña contradicción). Este es el mío, ¿cual es el tuyo? ¿Cual es tu libro favorito?

P.D. Ahora que estamos en tiempo de Mundial desde aquí recomiendo el libro “Fiebre en la gradas” de Nick Hornby, un interesante libro sobre lo que supone el fútbol en la vida de la personas visto desde la perspectiva autobiográfica del autor. Sirve para comprender, de forma muy amena y divertida, un poco mejor este fenómeno deportivo (y sociológico).